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 Los “versos necesarios” y la enseñanza de la poesía

En un post anterior, Los versos necesarios, enunciaba la hipótesis de que enseñar a leer poesía podría consistir en enseñar a dialogar con unos versos “que se han convertido en clásicos porque a lo largo de los siglos los miembros de esta comunidad los han incorporado a sus vidas, y por ello se han ido cargando de sentido, de aquel que otros les han dado antes de que llegaran a nosotros”.

Y, por ello, me preguntaba: “¿cuáles son los versos necesarios que nuestros alumnos han de leer, aprender a interpretar e incluso memorizar? ¿Qué significado pueden tener estos versos para la vida de los lectores? ¿Cómo les ayudamos a desvelar este significado? ¿En qué redes de formas y de significados hay que situarlos para que muestren el sentido del que llegan cargados?”

En otro post, De albas y alboradas, proponía una canción procedente de la lírica tradicional, “Al alba venid, buen amigo”, como un ejemplo de versos necesarios y esbozaba un plan para trabajar con este poema y para ponerlo en relación con otros de tema próximo. (A partir de estos dos posts he escrito en un artículo que se publicará en el número de marzo de Textos de Didáctica de la lengua y de la literatura.)

Esbozo ahora otro proyecto de trabajo en torno al romance “El prisionero”.

Romance “El prisionero”

El romancero había de ser una fuente obligada para seleccionar algunos de estos versos necesarios. ¿Pero cuáles? Podríamos echar mano del recuerdo de la fascinación que nos produjeron algunos romances en la infancia: “La traición de Bellido Dolfos”, “La jura de Santa Gadea”, “Búcar sobre Valencia”, “La visión de don Rodrigo y el reino perdido”, etc.; pero, sobre todo, los romances novelescos: “El infante Arnaldos”, “El prisionero”, “La condesita”, “Conde Olinos”, “Delgadina”, “La infantina”, “La doncella guerrera”; sin olvidar “Gerineldo”, perteneciente a los romances sobre materia de Francia.

Finalmente he elegido “El prisionero”, en la versión de Ramón Menéndez Pidal (Flor nueva de romances viejos, Espasa Calpe, Selecciones Austral, 2ª edición,  pág. 212):

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba el albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón

Paloma Díaz-Mas, editora de la edición del Romancero de la editorial Crítica (colección Biblioteca Clásica), considera que este es uno de los más bellos y logrados romances:

El parlamento en primera persona en que un desconocido prisionero se lamenta de su situación, la descripción inicial del entorno en el que florece la primavera, el lirismo de la situación y la belleza de las formulaciones se conjugan para conseguir un producto literario muy sugerente.

Recuerdo que, cuando llevaba este romance a mis clases (incluidas las de los programas especiales de educación compensatoria, diversificación, etc.), me producía mucha satisfacción conducir a mis alumnos desde casi una indiferencia total hasta el descubrimiento del hondo patetismo de la queja del desconocido prisionero.

Mi trabajo de guía se centraba en que los alumnos percibieran el patetismo del lamento del prisionero, logrado por el contraste entre, por una parte, la estrechez, oscuridad, la sordidez, la soledad y la incomunicación de la prisión, y, por otra, la amplitud de los campos imaginados más allá de los muros, la luminosidad de los cielos, la belleza de la naturaleza que renace en primavera y el despertar de nuevos amores, anunciados por el canto de la calandria y el ruiseñor. Todo ello es rememorado melancólicamente en el monólogo de un prisionero en la soledad de la celda. El patetismo del lamento se acrecienta cuando el prisionero pierde, por la crueldad de un ballestero, el único vínculo con el mundo exterior: el canto de una avecilla al amanecer. Por ello comprendemos y hacemos nuestra la maldición que cierra el poema: “déle Dios mal galardón”.

De este modo, el romance “El prisionero” es probablemente una de las expresiones literarias más patética de la falta de libertad y de la melancolía de quien es privado de ella.

También es interesante guiar a los alumnos en la observación de la desnudez narrativa del romance: ¿quién es el prisionero?, ¿qué edad tiene, cuál es su aspecto?, ¿por qué está encarcelado?, ¿cuánto tiempo ha de estar sin libertad?, ¿cómo es la celda?… Nada de estos se dice: todo el sentido se concentra en la melancolía del prisionero que añora ese mundo del que está privado

La fuerza lírica de este romance reside precisamente en su desnudez narrativa, frente a otras versiones más extensas pero con menos fuerza e intensidad.

 Red de relaciones en que podemos situar el romance “El prisionero”

Además de analizar el poema, para interpretar su sentido –tal como hemos esbozado más arriba– hay que ponerlo en relación con otros textos, como hicimos con “Al alba venid, buen amigo”. Los caminos que se podrían seguir son los siguientes:

1. El mes de mayo (en general, la primavera) como estación del renacer de la naturaleza y, con ella, de los amores.

Este tema sirve en el romance para resaltar, por contraste, la soledad del prisionero. Villancicos como “Ya florecen los árboles, Juan”, “Entra mayo y sale abril” y la canción paralelística “A aquel árbol que vuelve la foja” servirán para analizar este tema tan presente en la lírica tradicional.

2. Otros ejemplos de prisioneros literarios. La aspiración a  la libertad.

Es inexcusable en este punto leer e interpretar el monólogo de Segismundo en el inicio de La vida es sueño. Será interesante comparar el lamento de Segismundo con el del prisionero del romance, analizar los argumentos de aquel a favor de la libertad de los seres humanos y los recursos retóricos que van unidos a esta argumentación (paralelismo, preguntas retóricas…)

3. El prisionero como símbolo del caballero que “sirve al amor”.

Este es un motivo típico del código del amor cortés: el caballero se somete a su dama, se entrega a ella como prisionero por amor. Se puede examinar este tópico en textos del Cancionero musical de Palacio como “A sombra de mis cabellos se adurmió”, “Pues que mi triste penar”, “Señora, después que os vi” y en canciones de Juan del Encina como “No te tardes que me muero”.

4. Ecos de la tradición la literatura contemporánea.

En El alba del alhelí, de Rafael Alberti, se incluye un poema, “El prisionero”, compuesto de seis partes, que puede relacionarse en algunos aspectos con el romance que está sirviendo de eje para esta propuesta de trabajo, sobre todo los textos 1, 4 y 6.

Reproduzco el último poema de la serie para cerrar el post:

 –Oído, mi blando oído,
¿qué sientes tú contra el muro?

 

–La voz del mar, el zumbido
de este calabozo oscuro.

 

¡Ay primavera en las olas!
Barco donde va mi amiga,
al aire las banderolas,
gimiendo porque la siga!

 

¡Carcelera,
carcelero,
que está ahí la primavera
y es del mar el prisionero!

 

Bibliografía

Alberti, Rafael: Marinero en tierra. La amante. El alba del alhelí. Valencia: Castalia, 1972.
Barca, de la, Calderón: La vida es sueñp. Edición de Evangelina Rodríguez. Madrid: Espasa Calpe. Austral, 2010.
Díaz-Mas, Paloma (edit.): Romancero. Barcelona, Crítica, 1994.
González Cuenca, Joaquín (edit): Cancionero musical de Palacio. Madrid, Visor, 1996.
Menéndez Pidal, Ramón: Flor nueva de romances viejos. Madrid: Espasa Calpe, Selecciones Austral, 1979.