Leía hace unos días el capítulo 4 del Marco común europeo de referencia para las lenguas. En él se adopta un enfoque “orientado a la acción”, es decir, “se parte de la base de que el alumno o estudiante va a convertirse en usuario de la lengua”. Ello significa que al final de la enseñanza obligatoria –y en un grado mayor, al final del Bachillerato- los jóvenes deberían estar familiarizados, como usuarios, con los géneros de uso más frecuente en los diferentes ámbitos de la actividad social: personal, público, profesional y educativo.

Al leer el documento —en el que tienen tanta importancia conceptos como “situaciones”, “papeles”, “marco institucional”, “tareas”, “tipos de texto”, etc.— no podía dejar de pensar en qué convertimos la asignatura de Lengua y Literatura del 2º curso de Bachillerato, obligados por el tipo de Prueba de Acceso a la Universidad (PAU) a la que los alumnos han de someterse.

En contraste con la diversidad de usos verbales para los que la institución escolar debería capacitar, dedicamos todo este segundo curso de Bachillerato a enseñar a componer una única clase de texto: el comentario. Y, además, se trata de un género que no se usa en ningún otro contexto social más allá de la clase de lengua.

Es cierto que les enseñamos a leer diferentes clases de texto (científicos, humanísticos, periodísticos…), pero no con el objetivo de que aprendan también a componerlos, sino a decir cómo están hechos. Les enseñamos cómo son estos textos, pero no a actuar con ellos.