JuanGilAlbert

Revolviendo en viejas carpetas con materiales para mis clases (hojas amarillentas, textos escritos a máquina y ciclostilados) doy con un poema de Juan Gil-Albert que usé, según parece, en segundo de BUP:  “Lo innombrable”, del libro La meta-física:

¿Por qué estoy hoy alegre?

 

Sin motivo ninguno

 

oigo ascender por mí las acechanzas
de un fuego azul.

 

¿Sólo por esto?

 

Hay, también, lo invisible.
Nunca se sabe bien quién late dentro
de nuestra pervivencia.

 

No es el amor, no estoy enamorado.
No es que tenga dinero ni esperanzas.
Ninguna novedad, ningún alivio
ha llamado a mi puerta.

 

Y sin embargo es cierto, Oh certidumbre.

 

¿A qué se deberá que esté hoy el aire
tan fresco y matinal?
¿Que el color de la vida se me ofrezca
lleno de persuasión? ¿A qué secreto?
¿O tal vez a qué causa imprevisible?

 

Porque secreto no.
Todo está dicho ya.
Todo más que sabido.

 

La juventud se fue como un aroma
que impregnó cuanto somos.

 

Como un frasco vacío y transparente:
ya no queda secreto.

 

Ya no queda de mí más que esta idea
desnuda de la dicha,

 

la posesión del ser sin exigencias,

 

este frasco vacío,
esta felicidad.

 

Algo tan quebradizo y duro en cambio
que más vale callar sobre su alcance.

 

Una sola palabra bastaría
a disiparlo entero.

Supongo que lo elegí (aparte la finalidad docente concreta, que ya no recuerdo ni puedo recuperar al no conservar de ella rastro alguno) porque en aquel tiempo me gustaba mucho. Lo releo y constato que también ahora me gusta mucho. Supongo que por distintas razones.

Estoy seguro de que ahora lo leo de otra manera, como ocurre con todas las relecturas. Hace más de treinta años admiraba, sin duda, a aquel hombre sabio y discreto, y su actitud estoica ante la vida y ante el paso del tiempo. Quizá deseé al leer este poema que los sentimientos que suscita pudieran ser los míos dentro de muchos años, que una vez que la juventud definitivamente se fuera “como un aroma / que impregnó cuanto somos” pudiera también preguntarme con alegría: “¿A qué se deberá que esté hoy el aire / tan fresco y matinal / que el color de la vida se me ofrezca / lleno de persuasión?”.

En cuanto a mis alumnos. ¿Qué entendieron del poema? ¿Qué fui capaz de mostrarles? ¿Qué les podían decir las palabras de este hombre que, ya anciano, era capaz de experimentar la alegría de vivir solo por la “posesión del ser sin exigencias”?