Los profesores trabajamos generalmente sin saber si lo que hacemos va a servir  para algo.

En el día a día no vemos resultados.

Pasado el curso,  notamos una fatiga inmensa y  casi la convicción de que tanto esfuerzo ha sido inútil.

Perdemos de vista a los alumnos que dejan el Instituto -porque acaban o interrumpen los estudios- y nunca sabremos si lo que hemos vivimos juntos dejará algún recuerdo duradero.

Pero a veces, algún ex alumno nos hace el regalo de decirnos que aquello que les dimos -o alguna parte de ello- sirvió para algo.

¿A qué viene todo esto? Pues tiene que ver con que he recibido un mensaje vía Facebook de una ex alumna -psicóloga en la actualidad, y trabajando en la Universidad en cuestiones relacionadas con la comprensión lectora- en el que evoca algunos trabajos que hicimos en 3º de BUP.  Me da el título de uno y me dice que todavía  lo conserva.

Pues justamente, este trabajo del que me habla mi ex alumna -hoy investigadora de asuntos que tanto me interesan- dio pie a un artículo que publiqué en el número 21 de la revista TextosUn proyecto de escritura a partir de la «Égloga I» de Garcilaso de la Vega,  que alguien ha puesto en Internet.

Me ha faltado tiempo para mandarle el enlace.