caminos

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 (Este post procede de unas notas para un proyecto de enseñanza de la poesía.)

Los poemas habitan tres grandes territorios: el del amor, el de la muerte, el de la vida. Miguel Hernández los señala en estos conocidos versos:

 

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

En cada uno de estos territorios encontramos poemas con paisajes muy diversos: la experiencia del amor, el sentimiento del paso del tiempo y de la muerte inevitable, el modo de representarse la vida y la actitud ante ella.

A su vez, estos paisajes –el del amor, el de la muerte, el de la vida– son vistos desde puntos de vista muy diferentes. En el poema citado más arriba, el amor, la muerte y la vida se presentan como heridas, como fuente de dolor: inquietan, sobrecogen, estremecen. Pero podemos encontrar otras actitudes, otros tonos: la celebración de la vida, la entrega gozosa al amor, la aceptación de la muerte.

Luis Cernuda se refiere a esta diversidad de la poesía con estas palabras: “En la morada de la poesía hay muchas mansiones”.

 El territorio del amor

Si nos adentramos en el territorio de la poesía amorosa, encontraremos poemas que expresan experiencias y sentimientos de signo muy diverso:

 

Si la noche hace oscura
y tan corto es el camino,
¿cómo no venís, amigo?

 

La media noche es pasada
y el que me pena no viene:
mi desdicha lo detiene,
¡que nací tan desdichada!
Háceme vivir penada
y muéstraseme enemigo.
¿Cómo no venís, amigo?

(Anónimo)

 

Besa el aura que gime blandamente
las leves ondas que jugando riza;
el sol besa a la nube en occidente
y de púrpura y oro la matiza;
la llama en derredor del tronco ardiente
por besar a otra llama se desliza;
y hasta el sauce, inclinándose a su peso,
al río que le besa, vuelve un beso.
(Gustavo Adolfo Bécquer)

 

Cuando el amor se va,
parece que se inmensa.

¡Cómo le aumenta el alma
a la carne la pena!

Cuando se pone el sol
lo ahondan las estrellas.

(Juan Ramón Jiménez)

En el primer poema, una mujer se lamenta por la tardanza del amante: los sentimientos expresados son la inquietud y la angustia de la espera de la persona amada. En los versos de Bécquer, en cambio, asistimos a una celebración del amor: todos los elementos de la naturaleza aparecen personificados como amantes entregados a su inclinación amorosa. Finalmente, Juan Ramón Jiménez expresa la melancolía producida por un amor perdido.

La celebración del amor, las penalidades experimentadas por los amantes y la evocación melancólica de un amor que ha muerto son solo algunas de las modalidades de los poemas amorosos.

Además, la experiencia amorosa aparece en los poemas de forma muy diversa en diferentes épocas: en la Edad Media, encontramos poemas que son cantos que expresan los sentimientos amorosos de las mujeres; pero junto a ellos, hay otros en los que oímos a un caballero ponerse al servicio de su dama, como si esta fuera un señor feudal al que se debe lealtad absoluta. En el Renacimiento y el Barroco, la voz que habla en los poemas, adora a la mujer amada como si se tratase de una diosa. Y en el Romanticismo, el amor –la mujer amada– es lo único que da sentido a la vida, pero al ser inalcanzable, es una fuente de insatisfacción y de dolor. En fin, en nuestra época, la experiencia amorosa ya no se identifica con la rendición de pleitesía a la persona amada, ni con la adoración de la mujer-diosa, ni con la persecución de un ideal inalcanzable. Los amantes son seres de carne y hueso, que gozan de su encuentro amoroso –de la unión de sus cuerpos y de sus almas­ – o añoran melancólicamente  el tiempo del amor perdido.

El territorio de la muerte

Si exploramos ahora el territorio de la poesía que nace del sentimiento del paso del tiempo y de la presencia de la muerte, también constataremos una gran diversidad de enfoques, de los que son ejemplo estos poemas:

Llorad, las damas, sí Dios os vala.
Guillén Peraza quedó en La Palma
la flor marchita de la su cara.
No eres palma, eres retama,
eres ciprés de triste rama,
eres desdicha, desdicha mala.
Tus campos rompan tristes volcanes,
no vean placeres, sino pesares,
cubran tus flores los arenales.
Guillén Peraza, Guillén Peraza,
¿dó está tu escudo?, ¿dó está tu lanza
Todo lo acaba la malandanza.
(Anónimo)

 

¿Y ha de morir contigo el mundo mago
donde guarda el recuerdo
los hálitos más puros de la vida,
la blanca sombra del amor primero,

la voz que fue a tu corazón, la mano
que tú querías retener en sueños,
y todos los amores
que llegaron al alma, al hondo cielo?

¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,
la vieja vida en orden tuyo y nuevo?

¿Los yunques y crisoles de tu alma
trabajan para el polvo y para el viento?

(Antonio Machado)

 

«Hijo, para descansar,
es necesario dormir,
no pensar,
no sentir,
no soñar…»

«Madre, para descansar,
morir».
(Manuel Machado)

El primer poema nos proporciona un ejemplo de elegía o lamento por la muerte de una persona, en este caso de un joven caballero. La voz del poema, a causa del dolor por la muerte del joven Guillén Peraza , arremete con dureza contra el lugar en que se produce la muerte y pone énfasis en la ausencia definitiva del caballero mediante las preguntas “¿do está su escudo?, ¿do está su lanza?”. En el segundo, la voz del poema se pregunta si la muerte es el fin de los recuerdos, de los conocimientos, de las experiencias acumuladas. No está claro si son verdaderas preguntas que quedan sin respuesta o son quejas ante la muerte inexorable y ante la falta de sentido de la vida si todo está destinado a morir. En el tercer poema, la muerte es vista como el fin de las fatigas de la vida, el descanso definitivo.

También el tema de la muerte está sujeto a las actitudes e ideas propias de diferentes épocas histórico-culturales. Así, en la Edad Media la vida solo tiene valor como camino para la otra vida, la verdadera, y la muerte el tránsito necesario para entrar en esa otra vida eterna. En cambio, en el Renacimiento, la brevedad de la vida y la amenaza de la muerte es un estímulo para vivir intensamente el presente antes que la juventud se marchite y llegue la muerte.

 El territorio de la vida

Jorge Luis Borges ha afirmado que si bien todo es materia para el arte, sobre todo lo es la desdicha. “La felicidad no”, prosigue, “la felicidad ya tiene su fin en sí misma; por eso casi no hay poetas de la felicidad”. Es posible que la poesía vaya asociada preferentemente con la tristeza, la desdicha y la pesadumbre de un vivir que ha perdido, aunque sea momentáneamente, su sentido, como en este poema de Luis Cernuda:

Donde habite el olvido.
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

Pero también hay poemas que celebran la vida, el renacer de la naturaleza y el sentimiento de estar en armonía con universo:

En las mañanicas
del mes de mayo
cantan los ruiseñores,
retumba el campo…
En las mañanitas,
como son frescas,
cubren los ruiseñores
las alamedas.
Ríense las fuentes
tirando perlas
a las florecillas
que están más cerca.
Vístense las plantas
de varias sedas,
que sacar colores
poco les cuesta.
Los campos alegran
tapetes varios,
cantan los ruiseñores,
retumba el campo.
(Lope de Vega)

O el sentimiento de plenitud al sentirse vivo expresado en este poema de Jorge Guillén:

LAS DOCE EN EL RELOJ

Dije: Todo ya pleno.
Un álamo vibró.
Las hojas plateadas
Sonaron con amor.
Los verdes eran grises,
El amor era sol.
Entonces, mediodía,
Un pájaro sumió
Su cantar en el viento
Con tal adoración
Que se sintió cantada
Bajo el viento la flor
Crecida entre las mieses,
Más altas. Era yo,
Centro en aquel instante
De tanto alrededor,
Quien lo veía todo
Completo para un dios.
Dije: Todo, completo.
¡Las doce en el reloj!
(Jorge Guillén)

Sin que podamos olvidar que el poema puede consistir en la recreación de una experiencia personal en relación con las vidas de otros, una experiencia situada en el contexto histórico, como este poema de Rafael Alberti, que tiene como fondo los horrores de la Guerra Civil española:

A Niebla, mi perro

 

Niebla, tu no comprendes: lo cantan tus orejas,
el tabaco inocente, tonto, de tu mirada,
los largos resplandores que por el monte dejas
al saltar, rayo tierno de brizna despeinada.

Mira esos perros turbios, huérfanos, reservados,
que de improviso surgen de las rotas neblinas
arrastrar en sus tímidos pasos desorientados
todo el terror reciente de su casa en ruinas.

A pesar de esos coches fugaces, sin cortejo,
que transportan la muerte en un cajón desnudo,
de ese niño que observa lo mismo que un festejo
la batalla en el aire, que asesinarle pudo.

A pesar del mejor compañero perdido,
de mi más tristísima familia que no entiende
lo que yo más quisiera que hubiera comprendido,
y a pesar del amigo que deserta y nos vende.

Niebla, mi camarada,
aunque tu no lo sabes, nos queda todavía,
en medio de esta heroica pena bombardeada,
la fe, que es alegría, alegría, alegría.

Territorios con lindes imprecisos

Estos territorios de la poesía –la vida, la muerte, el amor– no suelen estar delimitados por lindes precisos. No hay fronteras entre ellos, de modo que al leer un poema pasamos de una región a otra sin notarlo, porque amor, vida y muerte son inseparables, como muestra esta composición de Federico García Lorca:

En el soto,
los alamillos bailan
uno con otro.
Y el arbolé,
con sus cuatro hojitas,
baila también.

 

¡Irene!
Luego vendrán las lluvias
y las nieves.
Baila sobre lo verde.

 

Sobre lo verde, verde,
que te acompaño yo.

 

¡Ay cómo corre el agua!
¡Ay mi corazón!

 

En el soto,
los alamillos bailan
uno con otro.
Y el arbolé,
con sus cuatro hojitas,
baila también.

Estos versos nos hacen sentir que los goces de la vida están siempre amenazados por el tiempo y la muerte inevitable. La invitación a gozar del amor y de la vida (Baila sobre lo verde) nace de la conciencia de que la vida pasa (¡Ay cómo corre el agua!) y el tiempo de la vejez y la muerte llega (Luego vendrán las lluvias y las nieves.).

Amor, muerte y vida forman un trenzado que no se puede deshacer.