En el Blog de Leer.es se da noticia de la celebración, el próximo 21 de marzo, del Día Mundial de la Poesía y se proponen diversas acciones en su página de Facebook y en Twitter (ver el hastag #21marzopoesía).

Se destaca en esta entrada del Blog de Leer.es que en el mensaje de la Directora General de la UNESCO, Irina Bokova, se subraye la universalidad de la poesía y el hecho de que ésta sea, por esta razón, un territorio donde los pueblos pueden encontrarse. También se destaca la referencia que en el citado mensaje se hace al valor educativo de la poesía como medio de comprender lo diferente a través de la universalidad de la palabra poética.

En este post quiero desarrollar algo más esta idea de la poesía como un territorio común y universal y las consecuencias que de este modo de entenderla puede tener para la educación literaria.

¿Facilita el modo como enseñamos literatura esta visión universalista de la poesía?

Enseñamos (o tratamos de enseñar) poesía en castellano (pero española, con la excepción quizá de Rubén Darío y de Pablo Neruda), en catalán, en gallego, en euskera… (quizá también en inglés y en francés), pero conveninetemente separadas.

Parcelamos la poesía por épocas, siglos movimientos y generaciones, y tratamos de enseñar muchas cosas que poco tiene que ver con su entendimiento: distinciones entre mester de clerecía/juglaría; conceptismo/culteranismo; modernismo/generación del 98…

La literatura se sigue presentando, en el ámbito escolar, como un patrimonio nacional, que hay que conocer, situar, reconocer, respetar… pero, ¿también entender?

Y, ¿qué es entender un poema? Para mí, entender un poema es descubrir en él palabras que hablan de lo que yo soy o creo ser, de lo que quiero ser, de lo que he soñado ser: de mis deseos, insatisfacciones, interrogantes, modos de estar o querer estar en el mundo y de relacionarme con los otros… Palabras que a partir de ese momento se me convierten en palabras necesarias.

Este descubrimiento lo pueden suscitar poemas contemporáneos o antiguos, poemas escritos originariamente en la lengua que sirve de soporte a mis emociones o en otras lenguas y dentro de otras culturas.

Concibo pues, enseñar a leer poesía como una guía a los jóvenes lectores hacia este descubrimiento: que los poemas nos proporcionan palabras que se nos hacen necesarias, independiente de quién las dijo y dónde se dijeron.

La mejor poesía será, pues, la que tenga esa capacidad de asombrar, de desvelar misterios o de crearlos, de descurirnos otros planos de las cosas e incluso la de crear realidades que sólo existen en la poesía.

Y el mejor modo de acercarse a ella será buscar allí remedio a las tres heridas de las que nos habla Miguel Hernandez: la del amor, la de la muerte, la de la vida…

¿Qué tendrá que ver todo esto con la enseñanza de la historia de la literatura y de la poesía tal como se presenta en los libros de texto? ¿Qué tendrá que ver esto con los exámenes sobre el culteranismo y el conceptismo? ¿Qué con el reconocimiento de las figuras literarias sin llegar nunca a saber qué sentido tienen en la lectura del poema? ¿Qué con los análisis métricos y el reconocimiento de estrofas y la memorización de sus esquemas?

La educación literaria es otra cosa.