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Sí, de acuerdo. Lo ideal es que el profesorado no se sujete a los libros de textos y elabore sus propios materiales según sus programaciones de aula (con “programaciones” no me refiero a los documentos burocráticos que se presentan para cumplir con una obligación, sino a los planes que todo profesor traza para sus clases, a no ser que se entregue a las ocurrencias de cada día). Y sí, muchos profesores elaboran sus propios materiales, dedicando a ello, mucho tiempo y mucho esfuerzo. Incluso los más generosos comparten los materiales que elaboran.

En el caso de los “materiales propios” de gramática (que son los que suelo examinar), ¡ay!, se depende de los libros de texto y se reproducen sus mismos defectos.

¿Cuáles son?

  • La desconexión de la reflexión gramatical con el aprendizaje del uso de la lengua.
  • Las prácticas mecánicas del análisis sintáctico, mediante procedimientos gráficos más o menos acertados.
  • La falta de rigor en el uso de algunos conceptos básicos de la gramática.
  • La falta de actualización de los contenidos gramaticales, a pesar de disponer de una excelente Nueva gramática de la lengua española que nos puede ayudar en la puesta al día.

Y no se puede hablar aquí de desgana, falta de interés, rutina…, porque algunos de estos “materiales propios”, con los que me suelo encontrar en Internet, se elaboran con soportes electrónicos que requieren conocimientos avanzados de las TIC, lo que nos indica que estamos ante un profesorado inquieto, innovador, preocupado por mejorar las formas de comunicación con los alumnos, etc. Y sin embargo, sigue siendo muy tradicional y dependiente del libro de texto en la concepción y elaboración de los materiales de gramática.

¿Cómo se explica este fenómeno? Lo ignoro: habría que encuestar, entrevistar, conversar con este segmento del profesorado para entender su comportamiento.

Probablemente, al menos en algunos casos, lo que ocurre es lo siguiente:

Los profesores “dan gramática”, no porque crean que es necesaria para la educación lingüístico-comunicativa, sino porque están obligados (por las pruebas externas, por las pruebas de acceso a la universidad, por los supuestos “programas”, por un currículo que en realidad el profesorado tiene la obligación de adecuar al contexto educativo…). Por ello, dedican una parte de las clases a enseñar gramática – las suficientes a su juicio para que los alumnos puedan superar exámenes, pruebas externas, etc.– y el resto las dedican a otras cosas que consideran, con razón, fundamentales: actividades de lectura, de composición de textos, de elaboración de proyectos, etc. Y en estas actividades está ausente la gramática, la reflexión gramatical.

Y, como enseñar gramática se entiende como una obligación, “poco útil para los alumnos”, los profesores tratan de cubrir “esta parte del programa” sin reflexionar sobre qué contenidos son realmente significativos, sobre que orientación podría fomentar mejor la reflexión y la competencia metalingüística, sobre cómo ayudar a los alumnos a construir conceptos rigurosos… Lo único que parece importar es cómo transmitir unos conocimientos gramaticales que la tradición escolar mantiene de forma acrítica. Y la fuente siguen siendo los libros de texto, tanto para la definición de los términos gramaticales como para mostrar modelos de análisis sintáctico. El esfuerzo se pone en el soporte –vídeos, presentaciones con animación, editores de análisis sintáctico…–, pero no en la coherencia y rigor de lo que se trata de enseñar, ni en el fomento de la capacidad de reflexión gramatical de los alumnos ni en la vinculación entre los conocimientos gramaticales y los usos de la lengua.

Pues bien, ¿por qué una parte del tiempo y el esfuerzo que se dedica a dominar recursos TIC no se dedica a actualizar los conocimientos gramaticales y a leer la abundante bibliografía que se pregunta sobre cómo enseñar la gramática en el marco de la enseñanza de la lectura y de la escritura?

Fuente de la imagen: http://www.flickr.com/photos/146303603@N04/32708130854