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Ayer tuve la suerte de asistir a un acto muy hermoso, organizado por el Centro Virtual Leer.es,  que tuvo lugar en el vestíbulo del Ministerio de Cultura: la lectura dramatizada de unos fragmentos del Quijote seleccionados con la idea de que pudieran servir como respuesta a preguntas sobre problemas actuales.

Tengo una pregunta para vuesa merced, señor don Quijote, es el título de esta lectura dramatizada. Alumnos del IES Iturralde, distribuidos por ese salón de actos en que a veces se convierte el vestíbulo del Ministerio de Educación, hacían sus preguntas a don Quijote. Profesores y alumnos leían, como respuesta, los fragmentos de la obra de Cervantes seleccionados por la profesora  Araceli Godino, autora del guión y directora de la dramatización.

El ministro Ángel Gabilondo asistía al acto, pero no como espectador de la primera fila, reservada para autoridades, sino sentado en la zona de lectores del Quijote, que se iban turnando en los atriles para dar voz a las hermosos palabras del Caballero de la Triste Figura. Al final, el ministro dirigió unas palabras a los asistentes –sobre todo para felicitar a los profesores y alumnos que habían preparado la actividad- introducidas de este modo: “Me piden que estropee este hermoso acto con unas palabras” (Risas)

El acto del que ayer disfruté me mueve a hacer ahora un par de reflexiones.
Una parte importante del éxito del acto se debió a una idea muy sencilla, pero que a veces no se tiene en cuenta: los clásicos están vivos porque nos siguen hablando de lo que somos, deseamos, imaginamos, añoramos, etc. Leer a los clásicos es reescribir los textos desde la perspectiva del lector y su contexto social y cultural. Enseñar a leer a los clásicos es enseñar a descubrir estos vínculos. Con toda seguridad, los alumnos que han estado preparando, realizando y escuchando esta lectura han aprendido este aspecto fundamental de la educación literaria: que los clásicos escribieron sobre nosotros y para nosotros, a condición de que sepamos hacerles  las preguntas adecuadas durante la lectura. (El Quijote todavía lo estamos escribiendo, afirmó el ministro Gabilondo.)

Pero además, el acto fue muy decoroso en su ejecución por parte de de los profesores y de los alumnos de diferentes niveles educativos –incluidos programas de diversificación- del IES Iturralde. Se adivinaban en el esmero puesto un gran esfuerzo, una gran ilusión, mucho tiempo invertido en la preparación del acto. Y yo pensaba en la vacuidad de las palabras de los “antipedagogos” cuando hablan de cultura del esfuerzo, de gusto por el estudio, de excelencia, de disciplina, de principio de autoridad, de reconocimiento del saber del profesor (muy científico, por supuesto)…

En el acto de ayer, profesores y alumnos dieron una lección de qué es enseñar y qué es aprender; de cómo la autoridad del profesor se cimenta en el trabajo bien hecho y en el modo de relacionarse con los alumnos; de que autoridad y respeto no están reñidos con la cooperación en tareas compartidas; de cómo los conocimientos de una buena profesora –insisto en mi felicitación a Araceli Godino, que ayer le di personalmente- se traducen, no en la transmisión de saberes muertos, sino en propuestas verdaderamente educativas, como lo es esta “Tengo una pregunta para vuesa merced, señor don Quijote”.