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Fuente: Periodismo Humano

Muchos de mi generación nos hemos esforzado por ver a las fuerzas del orden como un servicio público con comportamientos congruentes con un régimen democrático. Nos hemos dicho muchas veces –para convencernos de algo difícil de creer- que el ensañamiento que sufrimos durante el franquismo, su chulería y  hostilidad se explicaban por el contexto de la dictadura. Ya en la transición democrática, juzgábamos actuaciones de violencia y arbitrariedad de estas fuerzas del orden como residuos de una formación que con la democracia iría cambiando.

Hemos celebrado ejemplos de profesionalidad, de verdadero comportamiento democrático en miembros de la policía nacional y local, de la guardia civil, y  hemos querido interpretar estos ejemplos como señal de cambio.

El repugnante comportamiento de la policía en Valencia durante estos días, documentada por multitud de fotografías y vídeos, nos hace pensar que hemos sido demasiado confiados, demasiado crédulos. Estamos tentados de pensar que es inherente a estos cuerpos el gusto por la violencia, el sadismo, el culto a la fuerza, el odio al pensamiento y a la disidencia…

¿O hay remedio? ¿O el problema está en su formación? ¿En la selección de  sus miembros? ¿En los valores que se les ha de inculcar desde las instituciones democráticas? ¿O simplemente en las órdenes que reciben?

El ministro del Interior ha declarado algo que pone los pelos de punta: “Un ministro del Interior ha de estar siempre al lado de la policía” ¡Dios mío! Creíamos que un ministro del Interior de un estado democrático debía preocuparse por que la policía actuara como garante del orden y no como provocadora del desorden, por que resolviera los problemas y no se convirtiera en el problema, por que velara por la seguridad de los ciudadanos y no los tomara como enemigos.

A mi generación, la actuación de la policía nos hacía desear con más intensidad un país democrático donde las arbitrariedades y vejaciones que sufrimos desaparecieran. Los adolescentes que han sido masacrados y humillados por energúmenos enviados con órdenes absurdas de gobernantes que nosotros hemos elegido, estos jóvenes difícilmente confiarán ya en las instituciones democráticas.

Los golpes físicos, las vejaciones de palabra y de obra,  han sido dolorosos y repugnantes, pero este daño moral quizá sea más difícil de reparar.

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