Coloquio entre el escritor José Manuel Caballero Bonald y Carlos Berzosa -Rector de la Universidad Complutense- sobre La novela de la memoria

 

Otro de los placeres de este verano como lector lo he encontrado en La novela de la memoria, de J. M. Caballero Bonald.

Leer unas memorias no es solo asomarse a la historia personal de alguien, sino también asistir a la construcción de una identidad por medio del recuerdo, examinar cómo se trata de dar sentido a la sucesión de hechos vividos al integrarlos en una estructura que les dé alguna forma de coherencia.

En las memorias de Caballero Bonald, la narración de los hechos evocados se acompaña de numerosas reflexiones sobre la relación entre la realidad y la ficción, entre la memoria y el texto literario que se construye a partir de la remodelación de lo vivido. Así, La novela de la memoria se puede leer en cierto modo como una teoría sobre el género memorialista.

En este fragmento, por ejemplo, se establece la distinción entre dos géneros que para Caballero Bonald son diferentes, autobiografía y memorias:

 Lo que ahora escribo en absoluto pretende parecerse a una autobiografía –que es género desplazado de mis gustos– sino a un texto literario en el que se consignen, por un azaroso método selectivo, una serie de hechos provistos de su real o verosímil conexión con ciertos pasajes novelados de mi historia personal […] Me veo sumergido en el magma de aquellos años medioseculares como si yo fuese un personaje al que no me seduce rescatar de un modo riguroso, de acuerdo con unas referencias fidedignas o de unos hechos comprobables (p. 410).

Y en otro lugar del libro se declara (pp.732-733):

 El relato de lo que he vivido, que a nadie debe importar, o de mi vida interpolada con otras muchas en un tiempo histórico, que a lo mejor puede interesar a alguien, sólo tendrá alguna validez si se ocupan los intersticios de dudas y olvidos con los materiales de lo verosímil, es decir, con las suposiciones que mejor se acomoden a unos objetivos estrictamente literarios […] Porque, en última instancia, ¿recuerdo fidedignamente todo lo que yo digo que recuerdo? No, no creo que lo haga en sus justos límites, es más bien como un proceso selectivo de analogías, conjeturas, posibilidades […] Quiero decir que los elementos que se usan para la composición de un texto literario como este pueden ser ciertos o presuntos según convenga al entramado narrativo. Qué más da que me equivoque, o que haga demasiados esfuerzos para evitar que eso ocurra, si lo que cuento cumple su función como escritura autosuficiente. Hay un poema de Felipe Benítez que comienza con lo que muy bien puede ser un compendio de lo que aquí vengo planteando: “Todo recuerdo adquiere / un grado de realidad imaginaria, / pues nada sobrevive en la memoria / si no es en forma impura de ficción”. Lo mismo pienso yo.

Reflexiones como estas –como avisos al lector acerca de cómo debe leer estas memorias– nos salen al paso a lo largo de la obra, desde su primera página.

Estamos, pues, ante un relato literario , no ante un intento de crónica fidedigna. El relato de una “vida interpolada con otras muchas en un tiempo histórico”, en el que destacan los años en que se inicia y gana altura la actividad –literaria y de resistencia antifranquista– de la llamada generación de los 50.

(El uso de la negrita es mío)