Generalmente, en las actividades de comprensión lectora que nos proporcionan los libros de texto, los cuestionarios tienen la función de evaluar si los alumnos identifican las informaciones por las que se les pregunta.

Pero los cuestionarios deberían servir, sobre todo, para enseñar a los alumnos a transitar por el texto, a familiarizarse con su forma de estar construido, a aprender a inferir lo que no dice directamente…, en definitiva, deberían servir para enseñar a leer.

Estas consideraciones valen también para las “cazas del tesoro”: su finalidad no debería ser únicamente identificar informaciones explícitas, sino también enseñar  a hacer cosas como las que se han indicado en el párrafo anterior.

Las preguntas que proponemos a los alumnos para ayudarles a comprender los textos tienen, además, la función de enseñarles a hacer ellos mismos preguntas al texto, es decir, a establecer los objetivos de lectura y a interrogar al texto de acuerdo con estos objetivos.

Todo esto no es nuevo. Isabel Solé, por ejemplo, hace años que lo dijo en su libro Estrategias de lectura, pero no está de más insistir en ello, pues las evaluaciones de PISA y de PIRLS están teniendo un efecto nocivo: están reforzando la idea de que enseñar a leer es enseñar a hacer pruebas de evaluación; eso sí, refinando los cuestionarios de acuerdo con las pautas que estas evaluaciones internacionales nos proporcionan.