Dentro de unas horas se inicia en el Centro Internacional de la Cultura Escolar (CEINCE) (Berlanga de Duero) el primero de una serie de coloquios INNOVA ESCUELA sobre experiencias educativas. El coloquio de mañana y el previsto para septiembre versarán sobre experiencias en torno a la expresión escrita.

El tema del coloquio de mañana es el análisis de “La aventura de escribir un libro”, una experiencia llevada a cabo durante el curso 1985-1986 por 14 centros educativos adscritos al Centro de Profesores de Cantalejo (Segovia).  El proyecto obtuvo el Premio a la Innovación educativa 1986, otorgado por la Fundación para la Renovación de la Escuela.

He sido invitado al evento, en el que participaré por medio de Skype, lo que me ha permitido conocer el proyecto  y analizarlo con detalle.

Éste consistió en escribir, editar y distribuir un libro cuya temática estuviera relacionada con el entorno de cada alumno. A partir de los libros individuales, se elaboraron los libros de cada centro escolar y de cada localidad (o de comarca en el caso de los pueblos con concentración escolar).

Los principios pedagógicos que animaron el proyecto fueron la convicción de que los objetivos del área de lengua deben ser las habilidades para expresarse y para comprender, y no los conocimientos sobre la lengua, que se transmiten mecánicamente sin que tengan sentido para los alumnos.

El proyecto se coordinó desde el Grupo de Trabajo de Lenguaje del CEP de Cantalejo, que organizó reuniones con los profesores implicados y Jornadas de formación, en las que se reflexionó sobre los principios pedagógicos en el Área de  Lenguaje y se diseñó un programa de trabajo semanal para las escuelas basado en los objetivos relacionados con la expresión y comprensión oral y escrita, y no en la transmisión de conocimientos sobre la lengua.

Este ambicioso proyecto de “La aventura de escribir un libro” estuvo animado por el escritor soriano Avelino Hernández (activista antifranquista y gestor cultural en la democracia), quien visitó los colegios, conversó con los jóvenes escritores, participó en Jornadas de formación dirigidas al profesorado implicado, hizo de guía…

No es difícil reconocer en este proyecto –y así lo señalaré en el coloquio- principios de la mejor  tradición pedagógica: el aprendizaje de la lectura y de la escritura a partir de los temas e intereses de los estudiantes, la escritura dirigida a una audiencia real (los propios compañeros, las familias, los estudiantes de otras escuelas…), la cooperación para llevar adelante el proyecto, el papel facilitador del profesor frente al tradicional de transmisor y evaluador, la implicación de familias en el aprendizaje de los alumnos, la atención a objetivos que van más allá de los estrictamente académicos, como el fomento del interés por aprender, la autonomía en la resolución de problemas, la capacidad crítica, etc.

Me ha interesado especialmente examinar las pautas que se les proporcionó a los alumnos:

  • Una relación de los temas, relacionados con el pueblo que los alumnos podían elegir (sus gentes, su paisaje, sus animales, sus calles y edificios, su pasado, las estaciones, sus fiestas, sus historias fantásticas, preguntas sobre cosas que se desconocen del pueblo…).
  • Fuentes de información que se podían utilizar para recabar información.
  • Géneros que a los que se podía recurrir.

No he encontrado, sin embargo, ejemplos de textos que pudieran haber servido a los alumnos de modelo para componer los suyos, o de actividades preparatorias centradas en el conocimiento de los géneros y de procedimientos literarios o en aspectos lingüísticos que los alumnos habrán necesitado dominar a lo largo de la composición de los textos que integran el libro. Del planteamiento general del proyecto se infiere que éste no se basa en concepciones espontaneístas, sino que se guía a los alumnos y se les proporciona recursos; pero en la memoria del proyecto no se da  información sobre estas cuestiones.

Al leer las muestras de los textos que se incluyen en la memoria del proyecto, me ha llamado la atención el hecho de que sean mucho mejores los que hablan de las costumbres, de las formas de vida, de anécdotas familiares, del abandono de los pueblos por sus gentes… que los textos de ficción, alejados del entorno y muchas veces faltos de interés. Aquellos resultan creíbles, emotivos, verdaderos, tienen colores, olores y sabores, está presente en ellos un lenguaje que sentimos vivo.

Para terminar, no puedo dejar de considerar el hecho de que estos proyectos, llevados a cabo en una época anterior a Internet, están inspiradon por principios pedagógicos que hoy tendemos a asociar al uso de las TIC. Conviene no perder de vista que estos valores educativos no nacen con la Escuela 2.0; pero  probablemente aquellos viejos ideales de aprender haciendo, escribir con verdaderos objetivos comunicativos y la vinculación de  la escuela a la vida que bulle más allá de sus muros puedan lograrse más fácilmente con el potencial de la web social. Pensemos en proyectos como Nuestros pueblos, o   Callejeros literarios, o Leer a tu lado, o El tren de los sueños.

Y terminaré, ahora sí, con el aserto genial de Néstor Alonso: “La editorial somos nosotros”, que he incluido en el título del post. Pues bien, sin TIC, los maestros y alumnos implicados en el proyecto “La aventura de escribir un libro” también se empeñaron en ser ellos la editorial.