historia literaria

El actual modelo de enseñanza de la literatura, la explicación de la historia literaria nacional, nació para satisfacer unas necesidades  que ya no son las de hoy.  Por ello hace décadas que ha entrado en crisis, sin que hayamos sido capaces de  construir un modelo alternativo.

La historia de la literatura española se introdujo en los planes de estudio, no hace todavía 200 años, por la necesidad del estado liberal burgués  de construir una identidad nacional. Lo explica muy claramente Celia Fernández Prieto en el capítulo IV del volumen 8 de la Historia de la literatura española coordinada por Carlos Mainer y publicada por la editorial Crítica. El estado necesitaba fomentar la creencia en una forma colectiva de ser, en un carácter nacional, y el sentimiento de los individuos de pertenencia e identificación con la comunidad. Es decir, “había que lograr la identificación emocional del pueblo con ese nuevo sujeto político que era la nación española”:

Para ello se necesitaban la Historia y la Literatura, o, más exactamente, la Historia de España y la Historia de la Literatura Nacional . Es decir, la creación de los grandes relatos de la memoria colectiva que produjeran un pasado común simulando dar cuenta de él. La identidad española surgirá como el producto (imaginario, pero con efectos reales) de esos discursos, de esas narraciones historiográficas paradójicamente dirigidas a demostrar su existencia empírica y su permanencia a través de los siglos. […] En ese proceso la literatura se vuelve fuente para el conocimiento de la historia porque en ella se expresa como en ningún otro lugar el espíritu del pueblo.

Estas son las razones por las que se sustituye, a lo largo del siglo XIX el modelo preceptivo-retórico (aprendizaje de figuras, reglas y preceptos retóricos junto con la imitación de los textos que se consideran modélicos) por un modelo historicista, sostenido por manuales concebidos como un catálogo de lo que se consideraba el patrimonio de la cultura literaria de la Nación.

La crisis de este modelo de enseñanza de la literatura fue analizado hace más de 30 años en una comunicación que presentó Antonio Fernández Ferrer en el primer Simposio para Profesores de Lengua y Literatura españolas celebrado en 1980.  En esta comunicación se afirma que el modelo sobrevive como eje estructurador de la enseñanza escolar, aunque ha perdido su carácter de “persuasión nacionalista que hinca sus raíces en el Romanticismo” y ha quedado abandonado “a merced de una rutina manualística de tediosas enumeraciones”, reducido a “una retórica antañona pero académicamente confortable”, convertido en un “discurso fosilizado”. Por ello Fernández Ferrer rechazaba “un tipo de didáctica basado en la reiteración de un inventario inerte de materiales heterogéneos trabajosamente zurcidos, maquinalmente expuestos y memorísticamente aprendidos”.

El manual escolar, emblema de este modelo, recibió las más acerbas críticas de Antonio Fernández: “ Muchos acusan una apresurada factura, tratando de responder con urgencia, […] a las necesidades del mercado didáctico […]; los más se resienten de un lenguaje alejado de la receptividad sociocultural de la mayor parte de sus destinatarios: los alumnos; no siempre se basan en criterios de clara utilidad didáctica; algunos contienen errores de bulto o interpretaciones hoy ampliamente superadas por la investigación; los hay, incluso que recaen en un biografismo mal evitado y, en suma, tratan con […] de colmar un saber literario enciclopédico, tardío retoño del modelo historicista”.

Esta crítica se hacía en el contexto del antiguo BUP. ¿Ha cambiado algo? ¿Sigue vigente el modelo? ¿Podemos hacer la misma crítica a los libros de texto y a los procedimientos didácticos a los que sirven de soporte?

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