2949435839_a53d509915_mCierro con este post la serie que vengo dedicando al libro de texto como recurso dominante, y muchas veces único, en las aulas. Se ha afirmado en ellos que las insuficiencias que este recurso presenta no bastan para empujar a una parte importante del profesorado a elaborar sus propios proyectos y materiales de aula. Con ello, la dependencia del libro de texto se perpetúa y las editoriales no encuentran motivos para modificar su producto.

Se ha hecho referencia –tanto en los posts como en los comentarios­– a las razones que explican esta dependencia, razones demasiado poderosas para que puedan ser vencidas por el anuncio de una tierra prometida ­sin libro de texto por parte de  quienes hemos dado el paso y sabemos de los beneficios que ello ha supuesto para nosotros y para nuestros alumnos. Este anuncio a menudo lo hacemos olvidando el esfuerzo que hemos invertido y el riesgo que nos hemos atrevido a correr.

En el segundo de los posts de la serie he analizado los problemas que presentan los libros de texto de lengua castellana y Literatura, problemas de los que son conscientes muchos profesores sin que esta conciencia sea suficiente para buscar caminos propios (que siempre se ha  de hacer en equipo). Además, afirmaba allí, “la propuesta de las editoriales suele ser demasiado rígida para que las adaptaciones supongan un cambio de modelo didáctico: de la transmisión de conocimientos al aprendizaje de procedimientos para los usos de la lengua.”

Parece que nada puede romper el círculo vicioso.

¿Es esperable que las editoriales modifiquen radicalmente sus propuestas de modo que el eje de las unidades didácticas sea realmente el desarrollo de habilidades lingüístico-comunicativas? ¿Es esperable que el profesorado se atreva de repente a dar el triple salto mortal sin red y sustituya el libro de texto por sus propios materiales?

Probablemente haya que buscar caminos que conduzcan a algún punto de encuentro. Las editoriales proporcionando materiales más flexibles y más claramente orientados hacia el aprendizaje de los usos de la lengua, salvando algunas de las insuficiencias que se señalaban en el post anterior; el profesorado, tratando de aprovechar los libros de texto en lo poco o mucho aprovechable que puedan tener y decidiéndose a adaptar, a modificar, a completar, a eliminar, a sustituir, a integrar, etc. las propuestas que allí encuentran y que consideran inadecuadas, insuficientes o mejorables. Se trata de aprender a ser cada vez menos dependientes de productos que no siempre se corresponden con los objetivos educativos.

Pero quizá hablar de este camino hacia un punto de encuentro sea todavía más utópico .  ¿Estamos condenados a que una inmensa minoría censure las prácticas de una mayoría aunque esto no produzca ningún cambio ni en el profesorado ni en las propuestas de las editoriales?