Este breve  artículo apareció en  los números de Aula de Innovación Educativa (Primaria) y Guix de mayo de 2013. Aunque ya he tratado el tema en varios posts, me parece que no está de más insistir  en él.

pupitre

El uso generalizado del libro de texto ha de ser contemplado como síntoma de algunos problemas educativos, pero también como un problema en sí mismo.

Los manuales escolares responden a un modelo de enseñanza caracterizado por la transmisión de conocimientos, por el enciclopedismo y la memorización. Su uso generalizado nos habla de la vigencia de este modelo y de su resistencia a la renovación. Esta concepción del libro de texto no ha cambiado sustancialmente con los libros de texto digitales.

Para la industria editorial, el libro de texto es un producto que ha de competir en el mercado, y que, por tanto, se proyecta y se elabora pensando en su éxito comercial, es decir, de acuerdo con las demandas del destinatario. Hemos de convenir en que si los libros de texto son como son, ello se debe a la vigencia de la vieja pedagogía, que sigue haciéndolos necesarios.

Se suele argumentar que el libro de texto es útil si se usa solamente como un recurso más. Pero sabemos que, cuando entra en el aula, se convierte en “el recurso”, y cualquier otro material e instrumento ocupa un papel ocasional, complementario, marginal… Fija unos contenidos, los estructura y organiza de forma muy rígida; pero sobre todo, es un recurso destinado a la transmisión de conocimientos y no se aviene con el aprendizaje concebido como investigación, como resolución de problemas, como realización de algún proyecto. Así, el libro de texto resulta un problema.

Una pedagogía basada en la actividad investigadora del alumnado y no en la lección y los ejercicios escolares reclama otros materiales. Pero, ¿por dónde se rompe el círculo vicioso? ¿Por el cambio metodológico o por unos materiales didácticos que fomenten la renovación? Probablemente hay que seguir las dos direcciones.