Tras el ajetreo de una semana en la UIMP, en Santander, tratando junto con Luis González Nieto de que el curso El castellano en el nuevo marco curricular discurriera con un mínimo de decoro, hoy he vuelto al tajo.

Pero las imágenes de aquel prodigioso paisaje siguen en mi recuerdo (“El mar, el mar / como su nombre hermoso”). Y también los ratos tan estupendos pasados con nuestros invitados, a los que se refiere Eduardo Larequi en su crónica santanderina. Hay momentos, muy pocos, en los que creemos que los dioses nos han permitido entrever en qué consiste eso de la felicidad. Pues algunos de esos momentos los he vivido esta semana en Santander.

(Echad una ojeada a la presentación de Tíscar Lara sobre la alfabetización digital. Y cuando publiquemos las conferencias, podréis calibrar el excelente trabajo que presentó Eduardo Larequi.)

Pero hoy, tras el intento de bajar de la nube a lo largo de este fin de semana, he ido bien pronto al Instituto a revisar el funcionamiento de los equipos informáticos, a borrar las cuentas de usuario del curso pasado y abrir cuentas nuevas, a preparar en cada una de ellas los accesos directos de las herramientas que los alumnos van a usar; en fin, a asegurarme de que el primer día no me voy a encontrar con sorpresas desagradables y a prever las dificultades con que se pueden topar los alumnos al enfrentarse con las primeras tareas. (Este trabajo, que me ha ocupado toda la mañana y no ha terminado, ha servido para situarme definitivamente en la realidad.)

Eduardo Larequi, en su conferencia, insistió precisamente en esto: el trabajo en el aula de informática hay que planificarlo muy bien. Después de dos años de experiencia, esta advertencia hay que repetirla constantemente.

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