crónica personal

Uno de los libros que compré en la pasada Feria del Libro de Valencia fue Crónica personal, de Joseph Conrad, un libro de remembranzas, no confesiones, “variante de la actividad literaria que ya desacreditara Jean Jacques Rousseau mediante la extrema morosidad con que confeccionó la obra en que justifica su propia existencia”.

Estas memorias, “redactadas sin tener en cuenta las convenciones establecidas”, se escribieron, según declara su autor en el prefacio, con la esperanza de que a partir de su lectura “pueda cuajar por fin la visión de una personalidad, del hombre que está detrás de libros tan fundamentalmente disímiles como, por ejemplo, La locura de Almayer y El agente secreto, personalidad sin embargo del todo punto coherente y justificable tanto en sus orígenes como en sus actos”. Relacionado con esta esperanza, Conrad afirma que el objetivo de Crónica personal es hacer recuento de sus recuerdos personales mediante la presentación fiel de los sentimientos y las sensaciones vinculadas a la escritura de su primer libro y a su primer contacto con la vida del mar.

En efecto, el manuscrito de su primera novela, La locura de Almayer, suspenso y retomado durante varios años, está presente en toda la Crónica personal, aunque sin seguir el orden cronológico de su composición, desde que los recuerdos de Almayer y su entorno comienzan a revivir durante una estadía de Conrad “en tierra firme”, en el barrio londinense de Belgravia, en 1889, hasta que concluye el libro en 1894. Así, a lo largo de estas memorias, Conrad se refiere continuamente al manuscrito que llevaba consigo a todas partes “como si fuera un talismán o un tesoro”: en largas travesías marítimas, “como un barril de Madeira de la mejor cosecha”; durante un viaje a Polonia, su tierra natal; en una travesía por el río Congo en uno de cuyos recodos estuvo a punto de naufragar…

La primera aparición del manuscrito va unida al recuerdo de cómo la irrupción del tercer oficial de a bordo en el camarote interrumpe la redacción del décimo capítulo y disipa la visión de un crepúsculo en el archipiélago de Malasia y de “junglas, ríos y mares alejadísimos de una ciudad mercantil, y pese a todo romántica, del hemisferio norte”, la ciudad francesa de Rouen, en cuyo puerto aguardaba su barco, bloqueado por la inclemencia del tiempo.

No es la única interrupción que experimenta el escritor en el momento de crear mundos y dar vida a personajes. En el capítulo V nos cuenta que, mientras estaba entregado a “la dura pugna de un esfuerzo creativo en el que la mente, la conciencia y la voluntad han de empeñarse a fondo”, esta vez con ocasión de los últimos capítulos de Nostromo, fue interrumpido por una mujer, la hija de un general, que había iniciado una amistad con su esposa. La remembranza de los sentimientos del escritor al ser “cogido desprevenido en el pleno ejercicio de su oficio” es quizá uno de los episodios más divertidos y, al mismo tiempo, más hondo de estas memorias. Divertido por lo grotesco de la escena recordada; hondo, por la viveza con que se representan la imagen del escritor absorto en la creación de mundos imaginados y los sentimientos de dolor al ver cómo se derrumban estos mundos ante la intromisión de alguien que llega de repente de ese mundo que el escritor había abandonado hace tiempo para entregarse a la construcción de su obra:

Todo ello, en fin, de desplomó con un horrísono estruendo que solamente oyeron mis oídos. Tuve la impresión de que nunca sería capaz de recoger los pedazos […] Me había robado cuando menos una veintena de vidas, cada una de las cuales resultaba más conmovedora y más real que la suya propia, aun cuando solo fuera por estar informadas por la pasión, poseídas por la convicción, implicadas en grandes acontecimientos, creados todos ellos a partir de mi propia sustancia, por mor de una finalidad meditada con sumo cuidado”. (Páginas 128-130)

En cuanto al objetivo de presentar de los sentimientos y las sensaciones vinculadas a su primer contacto con la vida del mar (cuyo murmullo “debió de alcanzar mi cuna, tierra adentro, y colarse de rondón en mis oídos inconscientes”) , hay que esperar a los capítulos VI y VII, En el capítulo VI, Conrad rememora de forma divertida sus exámenes como oficial y patrón de la marina mercante británica, así como “la conmoción sufrida por su pequeño mundo” al conocer su deseo, a los quince o dieciséis años, de hacerse a la mar “en un salto que había de alejarlo de sus orígenes y relaciones de raza”. Se rememora asimismo su llegada a Marsella, donde unos amigos de su familia se habían ofrecido a facilitarle el acceso a un barco en el que pudiera iniciarse en su vida de marino. En este capítulo y el siguiente se evocan aquellos días en las embarcaciones de la Corporación de Prácticos, en las que, a punto de abrazar su “sueño de ojos azules”, se inició su “intimidad con el mar”.

En realidad. Crónica personal –excepto en estos dos últimos capítulos– no es un libro dedicado al mar, como lo son algunos de sus relatos y el excepcional El espejo del mar, publicado años después. Pero el último capítulo basta para lograr el objetivo del libro anunciado en el prefacio: la descripción de los muelles desiertos a la luz de la luna, de la llegada de la tripulación del barco, “demasiado soñolientos para mostrarse de ánimo conversador”, del afanoso faenar de estos hombres en la embarcación, del deslizarse del barco desde el puerto hacia las aguas abiertas, que “rielan bajo la luna como si se hubieran espolvoreado millones de lentejuelas”, de su primera experiencia con las manos en el timón, y, sobre todo, de aquella emoción al tocar con la mano, por primera vez, el costado de un buque británico, y de oír, también por primera vez, a alguien dirigirse a él en inglés, el idioma de su “secreta elección”, la lengua que a lo largo de los años habría de modelarlo en lo más íntimo…, todo ello es de tal belleza e intensidad que invita a sucesivas relecturas.

No me puedo resistir a copiar como ejemplo este fragmento:

Bien puedo recordar la última noche que pasé con los prácticos de la Tercera Compañía. Desde entonces conozco el hechizo de la luna; lo he sentido en muy diversos mares, a la vista de las costas boscosas, rocosas o formadas por dunas sin término, pero nunca he vuelto a sentir una magia tan perfecta en su revelación de un carácter insospechado, así como si a uno le fuera dado contemplar la naturaleza mística de las cosas materiales. (Pág. 159)