A veces recuerdo cómo empecé a entender la gramática y cómo empezó a interesarme.
Fue en las clases de latín, allá por los 13 y 14 años, no en las de Lengua y Literatura. Supongo que la traducción de sencillos fragmentos de Julio César, y, más tarde, de  versos de Virgilio, me obligaban a examinar atentamente la forma de aquellos enunciados para poder desentrañar su significado.
Recuerdo que al principio era una pesadilla de la que no sabía cómo salir. Pero tuve un profesor que me enseñó a transitar por los laberintos de las oraciones latinas. Exactamente como yo intento ahora hacerlo con mis alumnos con las oraciones en castellano: a partir de la forma y del significado del verbo.
La forma singular o plural del verbo nos daba la primera pista para identificar las palabras que podrían ser nominativo singular o plural. A veces, esta sola pista bastaba. Pero cuando había más de una palabra candidata a hacer de sujeto, entonces venía el  juego de buscar la compatibilidad semántica con el verbo. En esto llegué a ser muy hábil, con la ayuda de mi diccionario Spes.  Después había que ir levantando sobre estos cimientos el resto de la traducción:  para ello el verbo seguía mandando  al requerir unos u otros complementos, en tal caso o en tal otro.
Decía más arriba que, como profesor, aplico en la clase de sintaxis procedimientos semejantes, aunque en este caso no se trate de traducir, sino de indagar en las relaciones semántico-sintácticas de los constituyentes de la oración.
Se puede reconocer esta orientación de la enseñanza de la gramática en algunas propuestas didácticas que hice hace algún tiempo en El Tinglado:
http://www.tinglado.net/?id=titulares-prensa
http://www.tinglado.net/?id=laoracion1