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Los días convulsos que estamos viviendo en España ponen sin duda a una parte del profesorado en una situación difícil con respecto a la actitud que deben tomar en las aulas ante un contexto social que no es posible ignorar.

Estoy leyendo Acción, pensamiento y lenguaje, una compilación de textos de Jerome Bruner (Alianza Psicología, 1984) cuyo capítulo 10, “El lenguaje de la educación”, contiene algunas ideas que son muy oportunas para estos días, por lo que resumiré el texto.

El mundo que emerge ante nosotros es ya conceptual

La idea básica, la proposición central, es que nuestro encuentro con el mundo no es directo. Cuando nos encontramos con él, ya es un mundo muy simbólico, es decir, es un producto del lenguaje y de la cultura humana. Nuestras experiencias inmediatas se asignan a categorías y relaciones que son producto de la historia cultural humana y “el mundo que emerge ante nosotros es ya conceptual”.

Esta mediación lingüística y cultural de nuestro conocimiento del mundo no solo interviene en nuestra comprensión del mundo físico y biológico, sobre todo interviene en la comprensión del mundo social en que vivimos.

Con frecuencia, afirma Bruner, las “realidades” de la sociedad y de la vida social son producto del uso lingüístico representado en actos de habla como prometer, renunciar, defraudar, legitimar, etc.

También asegura que será fundamental el papel del lenguaje en la creación de la realidad social si se adopta el punto de vista de que la cultura misma constituye un texto ambiguo que precisa constantemente la interpretación de quienes participan en ella.

Tras la exposición de esta idea básica, Bruner plantea la cuestión del lugar en que se halla el significado de los conceptos sociales. Responde que este significado se genera en la negociación interpersonal:

“si alguien habla de ‘realidades sociales’ como democracia o igualdad, o incluso producto interior bruto, la realidad no estará en el objeto ni en la cabeza de nadie, sino en el acto de afirmar y negociar el significado de tales conceptos. Las realidades sociales […] son significados que obtenemos al compartir nuestras cogniciones humanas”.

Una educación como lugar de negociación y recreación de los significados

Esta concepción negociadora de los significados tiene consecuencias muy importante para la educación.

La cultura está constantemente en proceso de creación y recreación, según es interpretada y renegociada por sus miembros. Según este enfoque, “la cultura es tanto un foro, para negociar y renegociar el significado y explicar la acción, como un conjunto de reglas y especificaciones de la acción”. Las personas que participan en ella tienen un papel activo en su constante elaboración y reelaboración.

En consecuencia, si la educación ha de iniciar a los jóvenes en la cultura, “si ha de prepararlos para vivir la vida, debe participar en este espíritu de foro, de negociación, de recreación de significado”.

Esta conclusión se opone a las tradiciones de la pedagogía que consideran el proceso de educación como una transmisión de conocimientos y valores realizada por aquellos que saben más.

Ahora bien, aquí surge un problema: si la educación ha de ser una invitación a la reflexión y a la creación de cultura, ¿los que enseñan pueden ser objetivos o se traslucirá necesariamente una toma de postura?

El lenguaje de la educación y la postura del que enseña

Bruner considera inevitable la toma de postura, ya que ello es inherente al lenguaje natural: hablamos de las cosas y, al mismo tiempo, lo que decimos (y lo que no decimos) está lleno de implicaciones “acerca del referente, del acto de habla que se está realizando y de la propia actitud hacia lo que se está diciendo”.

Estas implicaciones, que traslucen la postura de los hablantes, son el resultado de poner en juego determinados mecanismos gramaticales, léxicos y discursivos.

Algunas de estas posturas, puntualiza Bruner, son “invitaciones al uso del pensamiento, la reflexión, la elaboración de la fantasía”. El conocimiento, el material de la educación, puede ser “seleccionado según su aptitud para sufrir una transformación imaginativa y presentarlo bajo una luz que la favorezca”, de modo que “el niño se convierta en una parte del proceso negociador por el cual se crean y negocian los hechos, y se hace un agente de elaboración del conocimiento a la vez que receptor de su transmisión”.

Pero la verdad es que, afirma tajantemente Bruner, “la idea de que es posible enseñar cualquier tema humanístico sin revelar la propia postura en los asuntos […] implicados en él no tiene sentido alguno”. Y, en definitiva, “no es posible afirmar que el lenguaje de la educación, si ha de ser una invitación a la reflexión y a la creación de cultura, sea un lenguaje ‘incontaminado’, [un lenguaje] de hechos y ‘objetividad’ “.

Por tanto, es inevitable que el enseñante exprese una postura, pero, por ello, también ha de fomentar las contrapropuestas de modo que sea posible la actividad reflexiva de los niños y jóvenes y la metacognición, es decir, la reflexión sobre los conocimientos y sobre el aprendizaje.

La reflexión sobre el conocimiento

El fomento de la reflexión en el proceso de aprendizaje implica una forma de enseñanza en la que los niños y los jóvenes construyen una concepción de sí mismos como protagonistas del aprendizaje. En esta concepción de la enseñanza también “se socaba la autoridad que existe dentro de la cultura y en las formas de dirigirse a los demás empleadas en el discurso con los otros.

Si el niño –concluye Bruner– desarrolla alguna forma de intervención reflexiva sobre el conocimiento, “será él quien controle y seleccione el conocimiento que necesite. Si desarrolla un sentido del yo que esté basado en su capacidad para adentrarse en el campo del conocimiento para sus propios usos, y si puede compartir y negociar los resultados de esta acción, llegará entonces a ser un miembro de la comunidad creadora de cultura”.

Consideraciones finales

He iniciado este post señalando la oportunidad de las ideas de Bruner en el contexto político y social que vivimos, en el que muchos profesores están presionados por los hechos del entorno y por los discursos en los que se usan términos que son importantes en las ciencias sociales: democracia, fascismo, nación, autodeterminación, dictadura, franquismo, presos políticos, represión, legalidad, legitimidad, pueblo, ciudadanía, etc.

La educación autoritaria, basada en la transmisión de conocimientos, poco respetuosa con la capacidad de reflexión de los niños y jóvenes, no es privativa de unas causas o de otras. El autoritarismo pedagógico puede convivir con buenas causas a las que se pretende servir.

En las aulas del franquismo había profesores que acompañaban a los alumnos en su aprendizaje rehuyendo el doctrinarismo, aunque fuera imposible no tomar postura en el sentido que se ha explicado arriba. Otros transmitían dogmáticamente unos conocimientos que pretendían ser críticos con aquella situación política. Un profesor antifranquista podía ser un buen predicador pero un mal profesor.

La toma de postura es inevitable. Pero no debe impedir la diversidad de fuentes, la polifonía, la reflexión y el debate.

En conclusión, educar ciudadanos libres, no conseguir adeptos.