A partir de una entrada de Cuaderno de clase, la peña bloguera se ha puesto a reflexionar sobre un posible canon de literatura para iniciar a los niños y jóvenes. Tanto bullicio se ha movido, que Eduardo Larequi promete recoger todas las listas de libros que se van proponiendo.

Veo que se entremezclan dos asuntos:

  • la búsqueda de un canon que sirva para introducir a los niños y jóvenes en la literatura y que sea capaz de seducirlos y hacerlos gozar (sin la experiencia gozosa no hay acceso posible a la experiencia literaria);
  • la memoria de nuestra propia iniciación a la lectura.

Creo que esta experiencia nuestra (hablo de gentes con cierta edad) no sirve de referencia para elaborar ese canon tan necesario. Por diversas razones:

  • muchos de nosotros contábamos con un entorno familiar con libros y con valoración de la lectura (no ha sido exactamente mi caso);
  • para nosotros leer, junto con el cine de los sábados y la radio, era el único modo de llenar nuestro tiempo y de poblar nuestros sueños;
  • los largos veranos, en en nuestro pueblo o en el de nuestros padres), eran épocas especialmente aptas para entregarnos a la lectura, especialmente en las largas horas de la siesta (con un un fondo de chicharras); o las aburridas tardes de los domingos; o aquellas largas convalecencias…

Además, estamos hablando de niños y jóvenes que seguramente ya teníamos cierta tendencia a la ensoñación, a la melancolía y a la fabulación, que sólo o casi solo con los libros podíamos cultivar.

Yo creo que gocé antes de la poesía que del relato. Recuerdo que me gustaba mucho oír los cantos de los mozos y mozas del pueblo, los días de fiesta, en los descansos del baile en la plaza, que se hacía al son del acordeón y el tamboril, con un carro como escenario de los músicos. Creo que esos cantos fueron para mi el inicio de la afición a la poesía, a la que contribuyeron, sin duda, las canciones de juego y retahílas que cantábamos y decíamos al atardecer en la calle del Río, mi calle en los veranos castellanos.

Pero mi primer libro de poesía fue una antología -La hora del alba- que usábamos en aquel primero de bachillerato que se cursaba a los diez años. Su autor era el catedrático Rafael Ferreres. Esa antología fue para mí la gran puerta de entrada a la poesía. Leía y releía los poemas (villancicos, romances, poemas modernistas, del grupo del 27…), los recitaba, los aprendía… Mucho más tarde, siempre que me reencuentro con alguno de ellos, revivo la emoción de aquellos días. El libro se perdió, como tantas cosas, y ahora me gustaría encontrar un ejemplar. Quizá de esos días proceda mi afición a elaborar antologías para mis alumnos.

A los 13 ó 14 años, descubrí el Romancero Gitano gracias a un profesor, y quedé deslumbrado. Casi al mismo tiempo, cayo en mis manos un ejemplar de las Poesías Completas de Antonio Machado, en Austral (luego descubrí que no eran tan completas), que leía y releía mientras alimentaba una enfermiza melancolía. Otro hito en mi educación poética fue la lectura, a los 15 años, de El rayo que no cesa, por recomendación de mi profesor de Arte en 6º de Bachiller, Alfonso Roig (que hoy da nombre a un importante premio de arte en la Comunidad Valenciana), que leí en una edición de Austral publicada en algún país hispanoamericano y que no sé cómo conseguí. Al mismo tiempo leía mucho teatro clásico (Lope de Vega y Calderón de la Barca).

Ayer descubrí que los libritos de Adonáis que conservo (Claudio Rodríguez, Ángel González, Ángel Crespo…) tienen la fecha de 1963, es decir, los adquirí cuando tenía 17 años. Así que, por lo que parece, había progresado bastante: estaba ya atreviéndome con lo que entonces llamábamos la “poesía moderna”. Evidentemente, desconocíamos todo -excepto García Lorca- de la “poesía nueva” de los años 20 y 30. Para mí, la poesía “moderna” era la que me llegaba en esos libritos de Adonáis… Supongo que, por la misma época, adquirí una antología que reunía una selección de poemas de Gabriel Celaya, Blas de Otero, José Hierro y Eladio Cabañero. El libro se llamaba Cuatro poetas de hoy, y estaba publicado en Taurus. Supongo que me atrajo el título. Desconocía todo de estos autores. Creo que me llamó la atención el “prosaísmo” de Celaya y Cabañero. Y me debieron de impactaron los sonetos “existencialistas” de Otero. Supongo que fue en ese librito en donde leí por primera vez el poema “Requiem” de José Hierro, aunque ahora no estoy seguro.
Creo que esa afición mía por la poesía, que fue temprana y que he mantenido siempre, hace que no me sea demasiado complicado hacérsela llegar a mis alumnos. Digo “hacérsela llegar”, es decir, que les guste oírla recitar e incluso que se atrevan ellos a recitarla. Y creo tener una cierta habilidad para seleccionarla poniéndome en el lugar de los jóvenes.
Sigo pensando que el mejor modo de acercar a los niños y jóvenes a la poesía es con buenas antologías. Los wikis y blogs son estupendos medios para elaborarlas, pensando en unos alumnos concretos. E incluso, hacer que los alumnos colaboren en su elaboración (al menos en alguno de sus aspectos, como la clasificación por temas, por procedimientos retóricos…)