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La poesía es la experiencia estética: algo así como una revolución en la enseñanza de la poesía.

Esta afirmación pertenece a la conferencia de Jorge Luis Borges La poesía, ofrecida el 13 de julio de 1977 en el teatro Coliseo de Buenos Aires e incluida en el libro Siete noches, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1980. Mi insatisfacción con el modo de enseñar la literatura hizo que me entusiasmara, hace más de tres décadas, con este texto y que lo haya tenido desde entonces como emblema. Por estas razones.

De la afirmación de Borges se infiere que la enseñanza de la poesía no puede consistir en la transmisión de conocimientos sobre la poesía y sobre los poetas, sino en hacer que los alumnos experimenten el placer estético. Llegar a vivir esta experiencia es el núcleo de la educación literaria.

Pero, ¿en qué consiste la experiencia estética? Borges considera que el hecho estético no requiere ser definido: “es algo tan evidente , tan inmediato, tan indefinible como el amor, el sabor de la fruta, el agua”.

La enseñanza de la poesía consistirá, según esto, en propiciar la lectura de los poemas con la seguridad de que el lector (o el oyente) ha de sentir la poesía inmediatamente, ha de descubrir que esas palabras ya estaban dentro de él: “Cuando leemos un buen poema pensamos que también nosotros hubiéramos podido escribirlo; que ese poema preexistía en nosotros”. Por ello, Borges aboga por favorecer el acceso a los poemas sin la el mediación de otros textos que los interpreten (historia literaria, estudios interpretativos, etc.) También Ítalo Calvino, en Por qué leer a los clásicos, rechaza este estorbo:

Nunca se recomendará bastante la lectura directa de los textos originales evitando en lo posible bibliografía crítica, comentarios, interpretaciones. La escuela y la universidad deberían servir  para hacernos entender que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión; en cambio hacen todo lo posible para que se crea lo contrario. Por una inversión de valores muy difundida, la introducción, el aparato crítico, la bibliografía hacen las veces de una cortina de humo para esconder lo que el texto tiene que decir y que sólo puede decir si se lo deja hablar sin intermediarios que pretendan saber más que él.

Junto a esta confianza en el poder de la poesía para suscitar la experiencia estética, el texto de Borges proclama el respeto por el lector, que no ha de estar obligado a leer aquello que no le agrada (“la idea de lectura obligatoria es una idea absurda: tanto valdría hablar de felicidad obligatoria”) y que puede elegir entre una diversidad de textos y autores (“La literatura es bastante rica para ofrecerles algún autor digno de su atención, o indigno hoy de su atención y que leerán mañana”).

Este modo de entender la enseñanza de la poesía obliga a remover muchas rutinas e inercias, a desechar muchas informaciones innecesarias, a convertir la clase en un espacio propicio para la revelación de lo poético y para el disfrute de ese modo tan extraño de hablar de la experiencia humana.